¿Por qué algunas personas no mejoran aunque reciban tratamiento? Por José Olalde
Hay personas que van al médico, toman sus medicamentos, reciben terapias, compran suplementos, cambian de especialista y prueban diferentes tratamientos y, aun así, dicen: “No mejoro”. Entonces surge una pregunta que vale la pena hacernos: ¿por qué algunas personas no mejoran aunque estén recibiendo tratamiento?

La respuesta no es sencilla, porque no todas las enfermedades evolucionan de la misma manera ni todos los organismos responden igual. Hay condiciones crónicas, enfermedades complejas y situaciones en las que una persona puede hacer absolutamente todo lo indicado y, aun así, no obtener la mejoría que esperaba. No podemos caer en la injusticia de pensar que quien no mejora es porque no se esforzó lo suficiente.
Pero también existe otra realidad que pocas veces queremos mirar: recibir un tratamiento no siempre significa participar activamente en nuestra recuperación. Y es allí donde comienzan nuestras congruencias y nuestras incongruencias.
Queremos disminuir la inflamación, pero mantenemos hábitos que pueden favorecerla. Queremos tener más energía, pero dormimos pocas horas. Queremos mejorar nuestra salud metabólica, pero no estamos dispuestos a revisar nuestra alimentación o nuestro nivel de actividad física. Queremos sentirnos mejor, pero continuamos viviendo bajo un nivel de estrés permanente. Después esperamos que una pastilla, una terapia o un procedimiento pueda compensar todo lo demás.
El tratamiento puede ser una herramienta fundamental, pero nuestra salud también está influida por lo que hacemos cuando salimos de la consulta. Por eso quizás deberíamos comenzar a entender que tratarse no es solamente recibir algo; también es involucrarse.
Existe además una diferencia importante entre tratar, controlar y curar. No todos los tratamientos tienen como objetivo eliminar una enfermedad. Algunos buscan controlar su evolución, disminuir síntomas, evitar complicaciones o mejorar nuestra calidad de vida. Por eso, antes de decir “ese tratamiento no funcionó”, tendríamos que preguntarnos qué resultado se esperaba realmente y si esas expectativas estaban claras desde el principio.
También debemos recordar que cada cuerpo responde de manera diferente. Dos personas pueden tener el mismo diagnóstico, recibir tratamientos similares y evolucionar de manera distinta. La edad, la genética, otras enfermedades, los medicamentos, el descanso, la alimentación, la actividad física y muchas otras variables pueden influir. Comparar nuestra evolución con la de otra persona puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
Pero quizás una de las mayores incongruencias aparece cuando delegamos completamente nuestra salud. Queremos encontrar al médico perfecto, el medicamento perfecto, la terapia perfecta o el suplemento perfecto que resuelva el problema, pero pocas veces nos detenemos a preguntar: ¿qué parte de este proceso me corresponde a mí?
Seguir las indicaciones, asistir a los controles, informar cuando algo no está funcionando, cuidar nuestra alimentación, mover nuestro cuerpo cuando nuestra condición lo permita, descansar y revisar aquellos hábitos que sabemos que no nos ayudan son decisiones que forman parte del proceso. No porque hacer todo esto garantice una recuperación, sino porque no tiene mucho sentido que el tratamiento vaya en una dirección mientras nuestra vida cotidiana va en la contraria.
Y ser responsable con nuestra salud tampoco significa continuar indefinidamente con algo que no está funcionando. Si no existe la evolución esperada, también es congruente detenerse y preguntar: ¿el diagnóstico es correcto?, ¿el tratamiento necesita algún ajuste?, ¿hay otra condición que no se ha identificado?, ¿estoy siguiendo correctamente las indicaciones?, ¿necesito buscar otra opinión?
La salud muchas veces requiere una alianza. El profesional aporta conocimiento, evaluación, seguimiento y tratamiento. Nosotros aportamos algo que nadie puede hacer completamente por nosotros: la manera en que vivimos entre una consulta y la siguiente.
Por eso, cuando un tratamiento no está dando los resultados que esperábamos, quizás la pregunta no debería ser solamente: “¿Por qué este tratamiento no me funciona?” También podríamos preguntarnos: “¿Hay algo que yo pueda hacer diferente para acompañar mejor mi proceso?”
Buscar ayuda cuando la necesitamos es congruente. Recibir tratamiento también lo es. Pero pretender que nuestra salud dependa exclusivamente de lo que alguien haga por nosotros, sin revisar aquello que sí está en nuestras manos, puede convertirse en una de nuestras mayores incongruencias.
José Olalde Congruencias e Incongruencias





Comentarios