¿Qué es peor: estar solo o mal acompañado? Por José Olalde
Hay una frase que hemos escuchado toda la vida: “Mejor solo que mal acompañado.” Y suena lógica, incluso sabia. Pero ¿siempre es verdad? Porque hay momentos en los que estar solo puede ser exactamente lo que necesitamos, y otros en los que utilizamos esa misma frase para justificar nuestra incapacidad de convivir, perdonar, ceder o volver a confiar. Ahí comienzan las congruencias y las incongruencias.

Hay personas que llevan años sintiéndose solas estando acompañadas. Comparten una casa, una cama, una rutina, quizás una familia, pero hace mucho tiempo dejaron de compartir lo verdaderamente importante. No conversan, no se escuchan, no se admiran o simplemente ya no se sienten vistos. Y, sin embargo, permanecen juntos. ¿Por qué? A veces por amor, pero otras veces por costumbre, dependencia, miedo al cambio, estabilidad económica, los hijos, el qué dirán o simplemente porque comenzar nuevamente parece demasiado difícil.
Decimos que queremos paz, pero permanecemos en relaciones que nos quitan la tranquilidad. Decimos que queremos sentirnos valorados, pero aceptamos vínculos donde constantemente nos sentimos ignorados. Decimos que queremos ser felices, pero tenemos miedo de tomar decisiones que podrían cambiar nuestra vida. Esa es la incongruencia. No necesariamente estar acompañado, sino permanecer únicamente porque tenemos miedo de estar solos.
Pero también existe otra incongruencia: la de quien dice “yo estoy mejor solo”. Y quizás sea cierto, pero también puede convertirse en una excelente excusa. Porque estar solo evita discusiones, decepciones y compromisos. Nadie invade nuestro espacio, nadie cuestiona nuestras decisiones y nadie nos obliga a negociar. Pero tampoco tenemos que mostrarnos vulnerables. Y ahí vale la pena preguntarnos: ¿estoy solo porque realmente elegí esta vida o porque tengo miedo de volver a involucrarme con alguien? No toda soledad es libertad. A veces también puede convertirse en una muralla.
Quizás entonces el verdadero problema no sea estar solo ni estar acompañado. El problema es vivir de una manera diferente a lo que realmente sentimos y necesitamos. Puedes estar solo y sentirte pleno. Puedes estar acompañado y sentirte profundamente amado. Puedes estar rodeado de personas y sentir una enorme soledad. Y también puedes elegir estar solo durante un tiempo porque entendiste que necesitas reencontrarte contigo. La congruencia aparece cuando dejamos de vivir según lo que “deberíamos” hacer y comenzamos a preguntarnos qué tiene sentido para nuestra propia vida.
También existe otro error frecuente: pensar que estar bien acompañado significa encontrar una relación donde nunca existan problemas. Eso no existe. Una buena relación también tiene diferencias, discusiones, momentos difíciles y etapas en las que uno de los dos puede sentirse más distante. La diferencia está en algo mucho más profundo: ¿existe respeto?, ¿existe comunicación?, ¿existe interés en reconstruir?, ¿podemos seguir creciendo juntos sin dejar de ser nosotros mismos?
Porque una relación congruente no es aquella donde todo funciona perfectamente. Es aquella donde lo que decimos que queremos construir coincide, la mayoría de las veces, con la manera en que nos tratamos.
Tal vez, entonces, no deberíamos preguntarnos solamente: ¿qué es peor, estar solo o mal acompañado? Quizás la verdadera pregunta sea: ¿por qué sigo donde estoy? Si la respuesta es amor, elección, respeto y deseo de construir, probablemente haya algo valioso que cuidar. Si la respuesta es miedo, costumbre, dependencia o resignación, quizás haya algo que revisar.
Y si elegiste estar solo, también vale la pena preguntarte: ¿estoy disfrutando mi soledad o me estoy escondiendo en ella? Porque al final la congruencia no está en tener pareja o no tenerla. Está en poder mirar nuestra vida y reconocer que nuestras decisiones se parecen a lo que decimos querer.
Y esa respuesta, aunque a veces incomode, solamente la conoce cada uno.
José Olalde Congruencias e Incongruencias





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