Si el problema no es el estrés, ¿qué es? Por José Olalde
Vivimos diciendo que estamos estresados. El trabajo nos estresa, la familia nos estresa, las cuentas nos estresan, el tráfico nos estresa, las responsabilidades nos estresan y hasta las vacaciones pueden terminar estresándonos. El estrés se ha convertido en una explicación para casi todo: dormimos mal por estrés, estamos agotados por estrés, comemos de más por estrés, estamos irritables por estrés y sentimos que no podemos parar porque tenemos demasiado estrés.

Pero ¿y si el problema no fuera solamente el estrés? ¿Y si el verdadero problema fuera la manera en que estamos viviendo?
El estrés es una respuesta natural de nuestro organismo frente a situaciones que percibimos como exigentes, amenazantes o desafiantes. En determinados momentos puede incluso ayudarnos a reaccionar, concentrarnos y resolver. El problema aparece cuando aquello que debería ser una respuesta temporal se convierte prácticamente en nuestra forma habitual de vivir.
Nos levantamos pensando en todo lo que tenemos pendiente. Revisamos el teléfono antes de poner los pies en el piso. Contestamos mensajes mientras desayunamos. Trabajamos mientras comemos. Llegamos a casa, pero nuestra cabeza continúa en el trabajo. Nos acostamos cansados, pero seguimos pensando en lo que no terminamos y en todo lo que tendremos que hacer mañana. Entonces decimos: “Tengo demasiado estrés.” Pero quizás deberíamos preguntarnos por qué hemos normalizado vivir de esta manera.
A veces el problema no es el estrés, sino no saber poner límites. Decimos que sí cuando queremos decir que no. Aceptamos responsabilidades que no nos corresponden. Permitimos que otras personas tengan acceso permanente a nuestro tiempo. Sentimos culpa cuando descansamos y creemos que estar ocupados significa ser productivos.
Otras veces el problema es querer controlarlo todo. Queremos controlar lo que hacen nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros empleados, nuestros compañeros de trabajo y hasta lo que los demás piensan de nosotros. Nos desgastamos intentando modificar situaciones que muchas veces no dependen de nosotros, mientras descuidamos aquellas sobre las que sí tenemos capacidad de actuar.
También vivimos anticipándonos. Estamos físicamente en el presente, pero mentalmente resolviendo problemas que todavía no existen. Pensamos qué pasará mañana, qué podría salir mal, qué vamos a hacer si ocurre aquello que tememos. Y nuestro cuerpo responde a muchas de esas preocupaciones como si estuvieran sucediendo en este preciso momento.
Ahí aparece una de nuestras grandes incongruencias: decimos que queremos paz, pero construimos una vida en la que nunca nos permitimos parar. Queremos descansar, pero sentimos culpa cuando no estamos haciendo algo. Queremos tener tiempo para nosotros, pero llenamos cada espacio disponible. Queremos cuidar nuestra salud, pero dejamos el descanso, el movimiento y nuestro bienestar para cuando “tengamos tiempo”.
Y quizás ese tiempo nunca llegue.
También es cierto que no todo el estrés puede evitarse. Hay momentos difíciles que no elegimos: una enfermedad, una pérdida, dificultades económicas, problemas familiares o situaciones laborales que no podemos cambiar inmediatamente. Pretender vivir sin estrés tampoco sería realista. La pregunta no es cómo eliminarlo por completo, sino cómo evitar que termine dirigiendo nuestra vida.
Tal vez por eso, antes de decir “necesito controlar mi estrés”, deberíamos preguntarnos: ¿qué está generando este estrés y qué parte de esa situación sí puedo cambiar?
Quizás necesitamos aprender a decir que no. Tal vez necesitamos pedir ayuda. Organizar mejor nuestro tiempo. Dormir más. Alejarnos de una relación que nos desgasta. Dejar de asumir problemas que pertenecen a otras personas. Reducir algunas exigencias que nosotros mismos nos hemos impuesto. O simplemente aceptar que no podemos hacerlo todo.
Porque a veces intentamos tratar las consecuencias sin revisar la causa. Buscamos técnicas para relajarnos, respiramos, meditamos, nos vamos de vacaciones y tratamos de desconectarnos. Todo eso puede ayudar. Pero si después regresamos exactamente a la misma dinámica que nos estaba agotando, probablemente el problema vuelva a aparecer.
Entonces quizás la pregunta no sea solamente: ¿cómo puedo tener menos estrés?
Quizás deberíamos preguntarnos algo mucho más incómodo:
¿Qué estoy permitiendo, haciendo o sosteniendo en mi vida que me mantiene permanentemente estresado?
Porque el estrés puede ser la señal. Pero algunas veces, la verdadera incongruencia está en la vida que hemos construido alrededor de él.
José Olalde Congruencias e Incongruencias





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