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¿Qué es lo primero que hace la mente cuando se siente amenazada? Por José Olalde

29 ago
2 min de lectura

Cuando escuchamos la palabra amenaza, solemos pensar en un peligro físico.

Un accidente.

Un asalto.



Una situación que pone en riesgo nuestra integridad.

Sin embargo, la mayoría de las amenazas que enfrenta el ser humano moderno no son físicas.

Son psicológicas.

Una crítica.

Un rechazo.

Un fracaso.

Una opinión diferente.

Una verdad incómoda.

Un error que no queremos reconocer.

Y es precisamente en esos momentos cuando podemos observar uno de los mecanismos más interesantes de la mente humana.

¿Qué es lo primero que hace la mente cuando se siente amenazada?

Se defiende.

No busca comprender.

No busca aprender.

No busca cambiar.

Primero se defiende.

Desde la perspectiva de las congruencias e incongruencias, este es uno de los procesos que más limita el crecimiento personal.

Porque cuando la mente percibe una amenaza, su prioridad no es la verdad.

Su prioridad es proteger la identidad.

Proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Proteger nuestras creencias.

Proteger nuestra sensación de seguridad.

Por eso aparecen comportamientos tan comunes como:

Justificar.

Negar.

Minimizar.

Culpar.

Racionalizar.

Desviar la conversación.

Buscar responsables externos.

Todos son mecanismos de defensa.

Todos buscan reducir la incomodidad emocional que genera sentirnos cuestionados.

Imagina que alguien te señala un error.

Existen dos posibilidades.

La primera es analizar la información y evaluar si puede ayudarte a mejorar.

La segunda es reaccionar inmediatamente para proteger tu ego.

La mayoría de las personas elige la segunda sin darse cuenta.

No porque sean malas personas.

Sino porque la mente está diseñada para conservar estabilidad.

Y cualquier información que contradiga nuestra visión de nosotros mismos puede ser percibida como una amenaza.

Aquí aparece una de las grandes incongruencias humanas.

Decimos que queremos crecer.

Pero nos resistimos a aquello que podría ayudarnos a crecer.

Decimos que queremos aprender.

Pero rechazamos las opiniones que desafían nuestras creencias.

Decimos que queremos evolucionar.

Pero defendemos constantemente la versión actual de nosotros mismos.

La realidad es que no podemos aprender algo nuevo mientras estamos ocupados defendiendo lo que ya creemos saber.

Por eso la congruencia comienza cuando desarrollamos la capacidad de observar nuestras reacciones.

Cuando alguien nos contradice.

Cuando recibimos una crítica.

Cuando algo no sale como esperábamos.

Cuando nos equivocamos.

En esos momentos vale la pena detenernos y preguntarnos:

¿Estoy intentando comprender o simplemente estoy intentando defenderme?

La respuesta suele revelar mucho más de lo que imaginamos.

Porque detrás de muchas discusiones no hay búsqueda de verdad.

Hay búsqueda de protección.

Y detrás de muchas justificaciones no hay razonamiento.

Hay miedo.

La mente seguirá intentando defenderse.

Es parte de su naturaleza.

Pero la conciencia tiene una ventaja.

Puede observar ese proceso.

Puede cuestionarlo.

Puede elegir una respuesta diferente.

Y es precisamente en ese momento cuando dejamos de reaccionar automáticamente y comenzamos a crecer.

Porque el crecimiento no empieza cuando tenemos razón.

Empieza cuando estamos dispuestos a considerar la posibilidad de que no la tengamos.

 
 
 

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